Llueve sobre Madrid
Parecía que nunca llegaría, pero al fin ha aparcado en Madrid el otoño. Un largo y caluroso verano se ha ido al fin, y ha dejado tras de sí un sin fin de aventuras acaloradas.
Para un santanderino como yo, que lleva poco más de un año en la capital, sufrir veranos como este son poco menos que una condena, y recibir de nuevo la época otoñal se saborea, un poco, como una vuelta a casa.

Sinceramente hablando, echaba mucho de menos la lluvia: el caer contra el cristal, el refrescar por las húmedas noches, y el chapoteo al caminar por la calle o conducir el coche, aunque sea sobre un asfalto tan nefásto para el agua como lo es el de Madrid.
La verdad es que no todo es tan maravilloso con la vuelta de las lluvias y el fresco: para poder ir hoy a la oficina en coche (necesitaba el coche para después ir a visitar a Ferdy, cosa que al final no podré hacer) he tenido que atravesar una ciudad plagada hasta las orejas de coches, conduciendo muy despacio (no estan acostumbrados a los chaparrones como nosotros, los provincianos del norte) y lo sufren bastante, y por si fuera poco, he tenído que aparcar a casi 20 minutos de la oficina, con la consecuente calada
.
Pero no importa. Me alegra ver llover, observar desde la ventana de la oficina como las nubes negras desfilan entre los rascacielos del Paseo de la Castellana, y sentir el fresquito y el olor a hierba húmeda.
Para muchos será una putada que vuelva el mal tiempo. Para un santanderino como yo, es el aroma del hogar
. Morriña estúpida de una tierra lejana…














