Esta mañana me he levantado algo tarde… ya era hora de que lo hiciera. He desayunado tranquilamente con mi gata rondando entre mis pies, pidiendo un poco de comida a deshora. Mientras tomaba mi muy cargado y merecido café, conecté la radio que hay en la cocina para ver si hablaban de algo decente.
Por lo general suelo escuchar la SER, me gusta el enfoque que dan a las cosas y la calidad de sus comentaristas y tertulianos.
Generalmente la gente suele preferir la televisión, pero personalmente me quedo con este otro medio: la radio. Si, es aún menos interactivo que un televisor, y carece de imagenes, por lo que tu margen de captación de información se reduce solo a las palabras emitidas por un periodista. Pero bueno… ¿qué puedo decir? Soy un romántico de las ondas.
Pero volvamos a esta mañana… En el programa que transmitían en aquel momento, tenian entre manos un interesante debate sobre programas de televisión basura… Vease, programas donde invitan a gente para que cuente sus penas, amarguras y problemas. Para ello, traían como invitada a una periodista que trabajaba justamente para un programa de estas características, y cuyo cometido laboral era buscar en las calles personas para que aparecieran en este programa desnudando sus almas.
Si, en la calle. Siempre pensé que la gente llamaba para ir, pero parece ser que prácticamente todos los individuos que aparecen son capturados en la calle, ligeramente engañados y de un modo quizá poco ético.
Mediante una cacería de marujas en la calle (término que no es mio, más bien puesto en boca de la periodísta en cuestión), empatizan con gente que acude diariamente a mercados y áreas comerciales de toda España pero en concreto de Madrid, buscando no sus problemas, si no más bien caerles bien y crear un vínculo empático con ellos. Tras una amena charla sobre los precios del mercado y otros temas sin interés, les cuentan que vienen del programa [ponga el nombre del programa aquí] y que están investigando para una sesión en la que hablarán de [ponga tema familiar a elegir], y que les gustaría poder llamarla por teléfono para que les ayudase en la redacción, porque puede ser interesante conocer su opinión sobre ello.
Al dia siguiente, como quien no quiere la cosa, vuelven a llamar a estas personas y les hacen preguntas sobre el tema que quieren tratar. Generalmente son temas y preguntas que pueden responderse con un si o un no, por lo que prácticamente cualquier clase de persona puede ser un objetívo válido. Aquí es donde les venden la moto sobre ir a la televisión y participar en él, pero nunca les inducen a saber cual es el verdadero tema que va a tratarse, tan solo vaguedades.
Así, la persona acude al plató, convencida de que va a hablar de la vida sexual en los matrimonios cuando en realidad el tema es mi marido siempre tiene ganas de hacerlo (ejemplo usado durante el programa de radio que he escuchado). El indivíduo se encuentra contra las cuerdas y allí está su fín.

La verdad es que no les quito méritos, porque debe de ser un trabajo muy complicado el atraer a estas personas para que cuenten sus vidas, además de la complicación extra de encontrarlas entre todo el mar de gente que frecuenta los mercados madrileños. Más aún, recordando casos como el de la mujer que fué asesinada por su expareja tras rechazarle en el plató de un conocido programa de las tardes, crece mi impresión sobre la cantidad de trabajo que tienen… tan grande y ajetreado que si quiera pueden mantener un mínimo de filtrado de las personas que acuden.
¿Es la cantidad de esfuerzo y trabajo una excusa válida para mantener cierta clase de programas en antena? ¿Cómo un invento tan fascinante y milagroso en su momento como la televisión, puede hacerse convertido en una basura con mando a distancia?
Bajo mi humilde opinión, el esfuerzo que lleva no es suficinete precio a pagar por la realización de contenidos televisivos como estos. La falta de ética y de control en la selección de personas y temáticas a tratar nos acerca a un crispado precipicio que nos invita a carnos en él: la decadencia de los medios. La búsqueda de lo macabro como atracción a los televidentes por encima de lo interesante y ameno me lleva a concluir que pese a que muchos programas de televisión siguen manteniendo unos índices de calidad aceptables, otros están muriendo en un mar de desperdicios temáticos e inmundas perdidas de tiempo.
El hecho de que pueda ser una consecuencia directa del estado actual de nuestra sociedad o, por el contrario, una de las causas o al menos un acelerador más para ello, es desconocido para mi. Por mi parte solo me queda decir que lo considero ambas cosas. Es un reflejo de lo bajo y mundano que se ha vuelto el pensamiento humano, buscando esta clase de salidas de entretenimiento, viviendo la desgracia humana separados por una pantalla, para evitar mirar a la cristalina realidad que tenemos en el salón, en nuestra casa, en nuestras calles, en nuestras ciudades. La venda casi surrealista que involuntariamente dejan caer los medios de comunicación frente a nuestros ojos nos lleva a vivir en un estado de catársis social, donde los problemas de nuestro entorno se ven oscurecidos por los problemas de fuera de él, lejos de nuestro alcance, imposibles de solucionar con nuestra ayuda. Así logra mucha gente mantener su cabeza en paz, sin tensión, pues pierde el peso de la responsabilidad.
Pero atención: esa responsabilidad existe, y no desaparece por mucho que cerremos los ojos, nos tapemos los oídos, o sellemos nuestra boca.